Una cueva romana para refugiarse del incendio de Las Médulas: “Fue dantesco oír cómo explotaban las bombonas”

César Fernández

Las Médulas —
8 de agosto de 2026 22:28 h

Horas antes de refugiarse en una cueva que fue en tiempos morada de romanos y de maquis, Pedro Diéguez ya había notado que el incendio que atravesó Las Médulas en agosto de 2025 era diferente. Lo detectó primero, y sobre todo, por el ruido. “Fue el sonido lo que más me aterró”, dice al recordar cómo se inflamaban las hojas de los chopos. Lo comprobó, casi al mismo tiempo, por el calor. “El fuego venía muy lejos, pero las calorías te abrasaban”, añade quien vio cómo se desintegraba en sus manos la manguera de una máquina motorizada de sulfatar. Todavía le quedaba por oír “lo más dantesco” cuando, evacuado el pueblo que da nombre al paraje a Carucedo, regresó por un camino sembrado de antiguos pozos por si había que tirarse a ellos hasta llegar a su cueva, meterse para eludir una lengua de fuego y salir mientras sentía el estruendo, “como si fueran fuegos artificiales”, de la explosión a lo lejos de bombonas, maquinaria y aperos de labranza.

La cueva de Pedro Diéguez es, en realidad, la de su esposa, Serafina Fina Gómez. Ella es de Las Médulas (Carucedo); él, de San Pedro de Trones (Puente de Domingo Flórez). Ambos trabajaron en canteras de pizarra hasta que Gómez quiso asentarse en su pueblo y contribuir desde el complejo de turismo rural Ágoga a principios de los noventa al despegue del paraje, distinguido en 1997 por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad. Diéguez acabó poniendo punto final a 32 años de trabajo en el sector pizarrero para sumarse al negocio turístico, ubicado en un extremo al coronar el recorrido por el pueblo desde el aparcamiento. Y, a su vera, pasa desapercibida a la vista una cueva particular, en su día aprovechada por los romanos que explotaron estas minas de oro hace 2.000 años y también como refugio de maquis que se echaron al monte para plantar cara a la dictadura franquista tras la Guerra Civil.

Pedro Diéguez ya había sido testigo de algún susto. “Yo había vivido aquí otros dos incendios. Yo ya vi cómo ardió el soto”, cuenta en primer lugar, ahora que va a cumplirse un año del que asoló Las Médulas, para hacer un contraste notable entre los fuegos de antes y los de ahora: “Los de antes eran como al ralentí. Había limpieza, se cosechaba y, tarde o temprano, se iban apagando con la ayuda de todos. Pero es que lo de ahora fue tremendo. Fue una explosión”. “Es que sentías”, abunda, “el ruido de las llamas y de las hojas. Y yo me decía: pero si no hay tormenta ni hay nada. Fue el sonido lo que más me aterró”.

El caso es que el incendio que había comenzado el sábado 9 de agosto en Yeres (Puente de Domingo Flórez) parecía bajo control el domingo 10 por la mañana. Pedro Diéguez se había acercado el sábado a Yeres, cuando un cambio de viento dejó las llamas a las puertas del pueblo, para echar una mano hasta la medianoche. Había, eso sí, cierta calma tensa. “Los mayores del pueblo sí estaban preocupados. Son lo que saben por dónde vienen las tormentas y si son malas. Y con el fuego, también”, relata sobre aquel domingo en el que el Ágoga, con la mitad de sus 30 plazas hoteleras ocupadas, todavía sirvió 80 comidas. Hasta que se desencadenó la catástrofe.

Los de antes eran como al ralentí. Había limpieza, se cosechaba y, tarde o temprano, se iban apagando con la ayuda de todos. Pero es que lo de ahora fue tremendo. Fue una explosión

A las cinco de la tarde, las campanas tocaron a fuego. Turistas y vecinos fueron desalojados. “A mí me preocupaba el plan de evacuación. Porque Las Médulas es una ratonera”, reconoce. El traslado tampoco resultó sencillo. La cocinera estaba coja. Pedro tuvo que coger a su propia suegra, que estaba en una silla de ruedas, en brazos. Y con Fina bajaron hasta Carucedo, a casa del alcalde, Alfonso Fernández. Pero Diéguez, sin que apenas nadie se diera cuenta, volvió a coger su coche para regresar a Las Médulas. La imagen de bienvenida del pueblo ya empezaba a dar la dimensión del drama: el Aula Arqueológica y el Restaurante O Camiño Real estaban ardiendo. Así que desvió la ruta hacia sus propios castaños, donde dejó el coche, que sería uno de los supervivientes, para ir caminando. “Siempre tuve la cabeza fría”, subraya. El trabajo realizado por los romanos hace 2.000 años era su salvavidas. “Iba controlando unos pozos romanos que hay llenos de agua siempre para tirarme en ellos de haberlo necesitado”, rememora sobre las 37 estructuras de este tipo, de entre 3 y 4 metros de diámetro y “poca profundidad”, que tiene localizadas en el paraje. No fue necesario echarse al agua.

Salvados los primeros escollos, del teléfono móvil, todavía con batería, le llegó una mala noticia a través de una llamada de Fina: “¡Pedro, que nos quitaron de casa de Alfonso!”. El fuego había atravesado la carretera de Las Médulas a Carucedo, donde el operativo de extinción se disponía a hacer frente a las llamas. Y ahí hace un alto en el relato para confiar en que, de darse hoy un episodio similar, no habría abandonado el pueblo. “Tuvimos suerte porque podríamos haber quedado todos en la carretera. El fuego rodeó todo en diez minutos. Y ahí no hay plan de evacuación que valga”, señala remitiéndose a casos similares con fatal desenlace, sin ir más lejos en el reciente incendio de Los Gallardos, en Almería.

Sentía el ruido de la resina de los cipreses, oía como rechinaba, hacían un sonido como retorciéndose

Pedro Diéguez pudo luego tranquilizar a su esposa cuando por fin llegó al centro de turismo rural Ágoga, espacio que también aprovechan como residencia familiar. “Ha ardido todo, pero la casa y yo estamos bien”, le dijo a Fina tras evitar que las llamas de una hortensia se extendiesen a la terraza a través de una mesa de plástico y tras comprobar cómo, del otro lado del complejo, sí se había quemado un horno. Fue entonces cuando arrancó el motor de sulfatar. Pero apenas pudo apagar un ciprés porque la manguera se le desintegró en las manos por el calor sofocante de las llamas. Y otra vez se hizo presente un sonido singular: “Sentía el ruido de la resina de los cipreses, oía cómo rechinaba, hacían un sonido como retorciéndose”. Y para hacer frente a otra lengua de fuego, recurrió por segunda vez a los romanos.

En este paraje compuesto por los emblemáticos picachos rojizos producto de la explotación del oro a cielo abierto, Pedro Diéguez y Fina Gómez tienen, como algunos otros vecinos, su propia cueva particular, una estancia cerrada que en su caso aprovechan para celebraciones familiares y como bodega para el vino. Se trata, en estos tiempos de calores desmesurados, de un excelente refugio climático al mantenerse apenas a 13 grados. El frescor ya es notable al acercarse a las puertas de esta cueva que, en aquellas circunstancias, fue su refugio vital.

Cercados también por el fuego y el calor, sus perros, gallinas y ovejas se acercaron a la cueva. Y allí, a sus puertas, se los encontró con una imagen imborrable: “Dos gallos estaban encima de una oveja”. Calcula que apenas estuvo 20 minutos en aquel refugio improvisado. Fue tiempo suficiente para recibir la última llamada del día antes de que la batería de su móvil dijera basta. El que estaba a otro lado de la línea era un mando de la UME (Unidad Militar de Emergencias). “Se dieron cuenta de que yo había marchado (de la evacuación), me llamaron y me dijeron que hice muy mal y esas cosinas...”, cuenta. Cuando pasó la lengua de fuego y salió de la cueva, llegó “lo más dantesco”: escuchar desde el pico del pueblo estruendos que asimila a “fuegos artificiales” a los que luego les pondría cara: las bombonas de butano, tractores, maquinaria agrícola y aperos de labranza que estaban explotando al paso del fuego por las casas y fincas particulares.

Pedro Diéguez fue bajando entonces por el casco de la localidad hasta ver “la silueta” de Bernardo, el pastor con el que come todos los días y con el que se puso a la tarea de salvar del fuego propiedades. “Hasta cinco o seis casas libraron”, señala para contraponer cómo otra de madera fue devorada por las llamas hasta incluso retorcer las puertas y desintegrar el aluminio de las ventanas de un inmueble cercano. Con su móvil sin batería, aprovechó el de Bernardo para hacer llamadas y tranquilizar a los suyos. El coche, que había quedado en sus castaños, libró de milagro apenas con daño en las ruedas y los focos, según pudo comprobar después con el alcalde de Carucedo, con quien Pedro Diéguez comparte como concejal equipo de Gobierno municipal.

La noche la pasó sin dormir. Y el lunes amaneció en la terraza del Ágoga. Casi un año después, Pedro Diéguez termina el relato unos metros más abajo de la cueva, en el entorno en el que un extintor chamuscado junto al horno quemado todavía da testimonio de aquel domingo maldito en el que el calor y los ruidos le hicieron comprender que los incendios de ahora no son como los de antes y en el que los romanos guiaron el camino de su propia supervivencia.