Las Fachizas, la tradición ancestral de Burbia que quiere ser Fiesta de Interés Turístico Provincial

Por las Candelas, cuando cae la noche en Burbia, se enciende el fuego. Las Fachizas son una fiesta ancestral que se celebra una vez al año y que consiste en la elaboración y quema de fachizas, largos atados de paja hechos a mano que, ya de noche, se suben al hombro hasta A Lagúa, una ladera frente al pueblo, donde se prenden y se hacen danzar, dibujando en el aire círculos de luz. El ritual es una de las tradiciones más singulares y antiguas que perviven en la provincia de León, recuperada y cuidada hoy por la Asociación Acebo Burbia, que aspira a ser reconocida como Fiesta de Interés Turístico Provincial.

Este año, la celebración se adelanta a este sábado 31 de enero, para acercarla a un fin de semana y distanciarla un poco de los Maranfallos, el carnaval tradicional de la localidad, previsto para el 7 de febrero. “Se celebra el día de las Candelas, que son el día 2 de febrero. Pero como este año cae en lunes, lo hemos decidido adelantar un poco”, explica Lucía Osorio, miembro de la junta directiva de la asociación organizadora, Acebo Burbia, y concejala en el Ayuntamiento de Vega de Espinareda. La idea es mantener dos fines de semana seguidos de actividad, fiesta y tradición en el pueblo: primero, el fuego; después, las mascaradas.

Paja y oficio: cómo se construye una fachiza

Las fachizas son atados de paja seca unidos con bincallos, una especie de cuerda 'tejida' a mano con paja mojada, por eso la tradición no empieza cuando arden, sino mucho antes.

Por el día, el pueblo se reúne en la plaza y las manos regresan a una técnica ancestral que no admite atajos. Aquí nada se improvisa: si se hace “de cualquier manera”, falla, “y no arden bien o se apagan”. “Tienen que estar bien hechos, hay que saber trenzarlos para que aguanten el peso de la paja y para que se quemen”, explica Lucía Osorio. Lo primero es meter la paja para los bincallos en el arroyo, para que esté flexible y se pueda trabajar. Después, se harán los atados de paja seca y, por último, se unirán formando unas largas antorchas que se prenderán al final del día.

Ese saber práctico, aprendido y compartido se había perdido durante años y desde hace dos décadas se ha vuelto a recuperar. “Se dejó de hacer, principalmente porque no había paja”, recuerdan desde la Asociación Acebo Burbia. Para ello fue clave la ayuda de los teitadores de pallozas, que aportan los excedentes de paja y el conocimiento que arrastran de las pallozas para confeccionar bien las fachizas. Ese saber transmitido de generación en generación es, precisamente, uno de los valores que llevaron al Instituto de Estudios Bercianos (IEB) a incluir las Fachizas en su inventario de patrimonio cultural inmaterial, subrayando la importancia de conservar no solo la fiesta, sino todo el saber que la hace posible.

Un baile de fuego y luz

Con las fachizas hechas y la noche ya encima, llega el momento de subir al alto de A Lagúa y prenderles fuego. La imagen es tan sencilla como poderosa: una elevación sobre el terrano frente al pueblo, la luz entre anaranjada y rojiza de las llamas en medio de la oscuridad y el movimiento en el aire conjugan un auténtico espectáculo.

El significado del ritual, como ocurre con tantas costumbres antiguas, se mueve entre lo que se sabe con certeza y lo que se ha ido transmitiendo a través del relato oral. En Burbia lo vinculan al cierre de “lo más duro del invierno” y al inicio de un ciclo nuevo, la primavera y el renacer de la naturaleza tras los meses más fríos. Creencias paganas en las que el fuego aparece como elemento central de purificación, de protección de los campos y de frontera simbólica entre lo viejo y lo que está por venir.

Pero alrededor de las Fachizas también han ido creciendo interpretaciones más profundas, que las relacionan con rituales celtas, antiguos pobladores que habitaron esta zona y dejaron huellas materiales y culturales de su paso en la arquitectura tradicional o en la propia organización del territorio, como las pallozas y los hórreos.

Algunas teorías apuntan incluso a posibles vínculos con divinidades asociadas a la luz y al fuego, como el Dios Lug, lo que convertiría la quema de las fachizas en una suerte de ofrenda ritual en un lugar cargado de simbolismo como A Lagúa. “El origen real no está claro, hay muchas teorías”, admite Osorio, y ahí está también parte del reto: mantener viva la tradición mientras se sigue indagando en su significado y en la historia que la sostiene.

Un pueblo pequeño, pero vivo, y una reivindicación

Burbia es un pequeño pueblo de algo más de medio centenar de vecinos censados, del municipio de Vega de Espinareda, en el corazón de la Reserva de la Biosfera de los Ancares Leoneses. Aproximadamente una veintena de personas de todas las edades forman la Asociación Acebo Burbia, que tira del carro “para que haya cosas en el pueblo”.

No solo han recuperado las Fachizas, también impulsan otras celebraciones como el magosto, las fiestas de Santa Ana, el propio Entroido de los Maranfallos e incluso iniciativas que hablan de cuidado del entorno, como la restauración de un lavadero o la elaboración de un mural en homenaje a la mujer rural.

En ese contexto, el Ayuntamiento de Vega de Espinareda quiere dar un paso más, echarles una mano e impulsar que las Fachizas sean declaradas Fiesta de Interés Turístico Provincial. Sería una forma de reconocimiento a una tradición única que apela a su identidad, atrae visitas y ayuda a reforzar el orgullo de pertenencia en una zona que, como tantas del Bierzo y la provincia de León, pelea contra el olvido con lo que tiene.

Y ahí aparece, también, la paradoja habitual del medio rural: la fiesta atrae gente, pero faltan recursos para acogerla. “Lo que nos falta es alojamiento”, resume Osorio. Solo hay una casa rural y, cuando llegan las llamadas, el margen de respuesta es pequeño. En un territorio que busca oportunidades, el patrimonio inmaterial puede ser una palanca.

El plan de este sábado

Si el tiempo no obliga a modificarla, la cita de este sábado 31 de enero no es, ni mucho menos, solo para los vecinos de Burbia. Las Fachizas se han convertido en un plan al que cada año se acerca más gente desde otros puntos del Bierzo y de la provincia. Hay quien llega por curiosidad y quien repite.

La fiesta invita a participar sin necesidad de saber ni de pertenecer. Cualquiera puede sumarse por la tarde al taller para aprender a hacer los bincallos, ayudar a preparar los atados de paja o simplemente observar cómo se trabaja. Después, se puede subir hasta A Lagúa y participar en la quema o quedarse en el pueblo, viendo cómo el fuego ilumina el cielo. Las Fachizas se pueden vivir desde dentro o desde fuera, y ambas maneras forman parte del mismo día.

Además, la jornada está pensada para pasarla con calma en Burbia. El pueblo conserva sus bares de toda la vida, puntos de encuentro habituales para vecinos y visitantes, donde hacer una pausa, tomar algo y compartir conversación antes y después del ritual del fuego. La Asociación Acebo Burbia ha organizado también merienda y cena populares, en una propuesta que va más allá de asistir a la quema y que invita a convivir y a formar parte, aunque sea por unas horas, de la vida del pueblo.

Cuando el fuego se apague y los visitantes se marchen porque no tienen dónde alojarse, la localidad volverá a su calma habitual. Pero algo quedará encendido: el trabajo compartido, el saber recuperado y la certeza de que hay tradiciones que solo sobreviven si hay gente dispuesta a sostenerlas en el tiempo con sus propias manos. En Burbia, las Fachizas no son solo una fiesta, son una manera de decir que en uno de los rincones más occidentales de la provincia también pasan cosas, que el invierno se pasa en comunidad y que el patrimonio, también el inmaterial, cuando se cuida desde dentro, tiene futuro.