De las grietas de la mina al miedo a los molinos: Langre revive su batalla legal con 'el rey del carbón' Victorino Alonso
Quince años después de que la Justicia confirmara que las grietas que aparecían y resquebrajaban las paredes de sus casas tenían origen en la minería, los vecinos de Langre vuelven a mirar con recelo lo que ocurre bajo sus pies y la explotación de sus recursos naturales.
El pequeño pueblo berciano de 70 habitantes, asentado sobre un entramado de galerías subterráneas, en el municipio de Berlanga, revive estos días un miedo que nunca llegó a desaparecer del todo. Entonces era el carbón. Ahora, la amenaza que perciben los vecinos llega por el viento, en forma de aerogeneradores. Pero el origen de la inquietud es el mismo: la estabilidad de un terreno que ya demostró su fragilidad.
Durante años, los vecinos convivieron con la aparición progresiva de grietas en viviendas, bodegas e incluso en la iglesia del pueblo, hasta que la Justicia condenó al culpable y lo obligó a indemnizarlos. Tras más de una década de pleitos contra 'el rey del carbón', en 2011 el Tribunal Supremo cerró el caso confirmando que los daños tenían su origen en la actividad minera desarrollada bajo el pueblo por empresas vinculadas a Uminsa de Victorino Alonso.
La sentencia ratificó que las galerías subterráneas habían provocado subsidencias, hundimientos y desplazamientos del terreno que afectaron directamente a las construcciones en superficie. Aquella resolución obligó a indemnizar con cuantías que iban de los 4.000 a los 80.000 euros a los 28 vecinos que denunciaron los daños en cerca de 40 inmuebles. En total, más de 700.000 euros. Pero el dinero no cerró la herida. Muchos afectados alertaban entonces que las indemnizaciones apenas ayudaban a tapar los desperfectos, y que el problema no había desaparecido. Las grietas siguen apareciendo, porque el terreno sigue moviéndose.
Por eso, cuando dos hombres desconocidos y muy bien vestidos, que resultaron ser trabajadores de una empresa internacional interesada en el viento que sopla sobre sus montes comunales, les propusieron aprobar en concejo instalar dos torres de medición durante 18 meses en las zonas más altas del entorno de la localidad para estudiar la rentabilidad de un parque eólico, hubo quien recordó que Langre no es un pueblo asentado sobre terreno firme. Bajo sus calles existe una red de galerías mineras que condiciona cualquier intervención sobre el territorio.
Esa realidad ha motivado la redacción de un informe elaborado en el propio pueblo, con el objetivo de explicar, de forma sencilla, qué podría suponer la instalación de un parque eólico en su entorno. El documento recuerda que el subsuelo no es compacto, sino un entramado de cavidades que ya han provocado daños en el pasado. Y plantea una pregunta directa: qué ocurriría si se añaden nuevas cargas y vibraciones sobre ese terreno.
Del carbón a los molinos: el mismo suelo, nuevas dudas
El informe, al que ha tenido acceso este medio, introduce un elemento clave en el debate: la diferencia entre el problema que ya vivió el pueblo y el que podría venir. Si entonces fue la extracción de carbón la que fragmentó el terreno, ahora el riesgo estaría en la combinación de peso y vibración de transportar, instalar y la propia actividad de los aerogeneradores.
Según recoge el informe, estas estructuras pueden superar las 400 toneladas, a lo que se suma una base de hormigón de grandes dimensiones. Pero más allá del peso, el foco está en la vibración constante que genera el giro de las palas. El texto advierte de un posible efecto de resonancia entre esas vibraciones y las cavidades subterráneas, lo que podría amplificar el impacto sobre un suelo que ya ha cedido en el pasado. No es una afirmación categórica, pero sí una advertencia que en Langre se ha tomado muy en serio.
El estudio no se queda solo en el terreno. También pone el foco en la vida diaria del pueblo y en cuestiones que preocupan especialmente a los vecinos, como la salud. El documento habla de los infrasonidos, ondas de baja frecuencia que no siempre se perciben con el oído, pero que sí pueden sentirse dentro de las viviendas. Su exposición continuada se relaciona con problemas de sueño, mareos o estrés, en lo que se ha denominado “síndrome del aerogenerador”.
Además, el texto advierte de posibles efectos sobre el entorno más cercano. Señala que la instalación de los molinos podría alterar el microclima local, con consecuencias directas en huertas y frutales, clave en la economía doméstica de muchas familias. También menciona el impacto sobre los insectos polinizadores, esenciales para mantener la producción agrícola.
En ese contexto, la respuesta vecinal al macroproyecto energético, después de unos días de reflexión, fue tajante. El pasado 18 de abril, Langre votó en concejo y casi de forma unánime en contra de la instalación de las dos torres de medición que proponía Galileo, una plataforma internacional de energías renovables creada en 2020 para desarrollar proyectos en distintos países europeos.
La decisión no cierra definitivamente la puerta al proyecto de la compañía, impulsada por el gestor Morrison y respaldada por grandes inversores de Nueva Zelanda y Australia, entre ellos el fondo soberano neozelandés, Infratil o la Commonwealth Superannuation Corporation.
Galileo podría seguir adelante con su intención de instalar un parque eólico de hasta 11 aerogeneradores, pero el pueblo ya ha dejado clara su posición. Los vecinos no solo piden explicaciones, exigen garantías económicas. Sobre la mesa, una cifra: un aval de hasta 45 millones de euros para cubrir posibles daños.
Un pasado que condiciona el futuro
El caso de Langre vuelve a poner sobre la mesa un debate que atraviesa buena parte de El Bierzo: cómo gestionar el nuevo ciclo energético en un territorio marcado por décadas de explotación de sus recursos.
La diferencia, en este caso, es que aquí el pasado sigue muy presente. Atraviesa de grietas sus paredes. Las casas reparadas una y otra vez. Y está muy vivo en la memoria de un pueblo que ya sabe lo que ocurre cuando la tierra se mueve bajo los pies. Por eso, cuando ahora se habla de molinos, en Langre no solo miran al viento. También miran al suelo que pisan. Y empiezan a organizarse.
El informe elaborado en el propio pueblo no solo enumera riesgos, también plantea cómo responder si el proyecto sigue adelante en su contra. Los vecinos reclaman estudios independientes que analicen el impacto real en la salud, la agricultura y la estabilidad del terreno. Y, ante cualquier duda, apelan a aplicar el principio de precaución. Si no se puede garantizar con certeza que no habrá daños, entienden que el proyecto no debería ejecutarse.
En paralelo, plantean medidas concretas para defenderse. Desde solicitar a la Junta los planos de las galerías mineras que atraviesan los cimientos del pueblo para conocer con exactitud qué hay bajo las zonas donde se quieren instalar los aerogeneradores. También proponen revisar la sentencia de 2011 contra Victorino Alonso como prueba de que el terreno ya está reconocido oficialmente como una zona de riesgo. Y, además, proponen crear un grupo de seguimiento vecinal que vigile cualquier movimiento administrativo o de maquinaria y les permita reaccionar a tiempo ante cualquier avance.
Porque en Langre, más que un debate energético, lo que está en juego vuelve a ser lo mismo de siempre: la seguridad de sus casas, la estabilidad de su tierra y la forma de vida de quienes siguen viviendo sobre ella.