La muerte del único vecino de un pueblo en una de las comarcas más deshabitadas habla más de soledad que de éxodo rural

Carteles de Villarino desde el pueblo de Iruela, ambos en el municipio de Truchas, en la Cabrera.

César Fernández

3 de octubre de 2026 06:01 h

El mismo día en que Maricarmen Abascal, una mujer de 87 años con achaques y movilidad reducida, fue desahuciada de su domicilio de Madrid, el único residente habitual de Villarino (Truchas, la Cabrera), un hombre de 53 años en aparente buen estado de salud, llevaba ya varios muertos en su casa. Ella vive en la ciudad más poblada de España y él, en una de las comarcas con menor densidad de población del país. La primera se convirtió a su pesar en catalizadora de un terremoto social y el fallecimiento del segundo pasó desapercibido hasta en su entorno. Hay, sin embargo, un hilo que los conecta: el de la soledad, un problema de primera magnitud que ni siquiera aparece en esas encuestas sobre las mayores preocupaciones de los españoles ahora encabezadas por la vivienda.

Juanito dio, a su manera, la voz de alarma. Juanito es un pastor alemán que se dejaba caer recurrentemente por Iruela, localidad ubicada apenas a tres kilómetros de Villarino, en el mismo municipio de Truchas. Allí vivía su dueño, que al cierre del verano se quedaba como su único residente, un descendiente del pueblo que pasaba allí la mayor parte del año. El perro salía con frecuencia de Villarino para ir hasta Iruela, por lo que su presencia no llamó la atención salvo por un detalle. “Aullaba por la noche”, explica por teléfono Margarita Escudero, que se crio en Iruela y marchó con su familia a Vitoria en pleno éxodo rural, trabajó como técnico ortopédico, se trasladó tras su jubilación a Torrevieja (Alicante) en busca de mejor tiempo pero acabó por encontrar destino en su propio pueblo natal. El domingo 27 de septiembre ató a Juanito con una cuerda y subió hasta Villarino, donde se encontró al vecino sin vida en el interior de su casa. Ella, que por su profesión vivió experiencias en anatomía forense, se dio pronto cuenta por el olor de que llevaría varios días muerto.

Villarino, meta en la que muere la carretera, es “el pueblo más pequeño” del municipio, seguido de Valdavido, señala el alcalde de Truchas, Francisco Simón. “Y cada vez va a haber menos habitantes”, admite el regidor. Con 1,23 habitantes por kilómetro cuadrado (el dato es de la Diputación Provincial de León), Truchas está enclavada en la comarca de la Cabrera, una de las 10 comarcas más afectadas por despoblación extrema en el país, según la aplicación Geocomarcas creada por el sociólogo Alberto Zamorano, que le adjudica 2,4 habitantes por kilómetro cuadrado. La explotación de las canteras de pizarra todavía no había llegado a la zona cuando se crio Margarita Escudero, que resume en pocas palabras los medios de subsistencia de entonces: “Ovejas y la pareja de vacas para arar las tierras, que daban fruto cuando daban”. Su familia emigró sin intención de regresar. “Mi madre dijo que no volvería ni con los pies por delante”, recuerda. Ella, a sus 73 años de edad, sí ha regresado.

Margarita Escudero (de espaldas), contemplando los montes del entorno de Iruela, en la Cabrera.

Cuando sus amigos le preguntan por qué decidió irse a vivir a la Cabrera, Margarita Escudero tiene clara la respuesta. “Me siento aquí menos sola que en una ciudad”, contesta para relatar cómo salió “huyendo” de Torrevieja, donde “el turismo es un infierno”. “Los que estamos aquí nos ayudamos”, añade para referirse a una población fija de seis habitantes, entre ellos una vecina de 94 años, que “vive con su hija”, y otra de 86. “Y estamos todos pendientes de ella”, señala. “¿Necesitáis algo?”, suelen preguntarse entre ellos cuando alguien se desplaza a La Bañeza, el núcleo urbano de cierta relevancia de referencia para la zona. “No es el sitio el que hace la soledad; yo aquí no me siento sola. Y estamos aquí porque queremos”, abunda.

Me siento aquí menos sola que en una ciudad. Los que estamos aquí nos ayudamos

Margarita Escudero — Vecina de Iruela

Cuando se le pregunta por la conexión entre el suceso ocurrido en Villarino y la despoblación del medio rural, responde que “esto también puede pasar en una ciudad”. Y puede poner ejemplos: el del ictus que sufrió su hermano pequeño, al que sus amigos fueron a buscar y socorrer a su casa tras notar que había faltado a la habitual ronda de cervezas. Lo dice para abogar por redistribuir fondos de ayudas públicas hasta dirigirlos con más intensidad a servicios sociales que puedan prestar atención a personas que viven solas.

Margarita Escudero todavía no ha leído (pero ahora ya la tiene anotada entre lo pendiente) La lluvia amarilla, la novela que el escritor leonés Julio Llamazares (Vegamián, 1955) publicó en 1988 y el paso del tiempo la convirtió en un libro de culto y premonitorio sobre el fenómeno de la despoblación rural. “Me impresionó mucho leer la noticia (del vecino de Villarino). Es como si la novela si hiciera real”, cuenta por teléfono el autor sobre esa obra narrada en primera persona para relata las experiencias y sensaciones del último habitante de un pueblo justo en el momento su muerte hasta dejar a la localidad sin moradores.

Llamazares compartió por WhatsApp con algunos de sus contactos la noticia. Y recibió respuestas que emparentaban el suceso de Villarino con otros como el ocurrido en un bloque de edificios de una ciudad donde fue el olor el que delató al fallecido. Él mismo cita el caso de un hombre al que encontraron en su piso de Madrid sentado en el sofá frente al televisor encendido varios meses después de su muerte. “El estigma, en este caso, no es el vivir en un pueblo pequeño, sino el de la soledad. Y en los pueblos, además, la gente sí se echa de menos”, considera el escritor sin dejar de contrastar el hecho de que el Reino Unido creara ya en 2018 una Secretaría de Estado para la Soledad mientras el asunto ni siquiera aparezca entre las principales preocupaciones de los españoles en las encuestas del CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas).

El estigma, en este caso, no es el vivir en un pueblo pequeño, sino el de la soledad. Y en los pueblos, además, la gente sí se echa de menos

Julio Llamazares — Autor de la novela 'La lluvia amarilla'

Las respuestas a su WhatsApp dejaron otro dato ilustrativo: los pueblos con un único habitante en España ascienden ya a 1.500, según el INE (Instituto Nacional de Estadística). Y eso teniendo en cuenta que muchos censos están inflados. “Los datos reales serían más dramáticos”, reconoce el autor, que se enfrentó a otra perspectiva cuando en los años ochenta escribió La lluvia amarilla y los pueblos abandonados no pasaban de lo anecdótico en la provincia de León, donde “la minería retrasó” aquel proceso de despoblación del rural hoy agudizado.

Imagen de Villarino, pueblo del municipio de Truchas, en la comarca de la Cabrera.

La realidad de Villarino y la ficción de su novela también se asemejan por el papel de los perros (a Juanito se lo llevó un familiar del fallecido). “Son símbolos de fidelidad por excelencia. No te abandonan nunca. Son muchas veces la última compañía. Y eso tiene que ver con la soledad, que no deja de ser una forma de ceguera”, dice el autor. Preguntado por más paralelismos, acaba señalando que “la soledad es la misma siempre”, si bien precisando que en el mundo tecnológico actual puede estar “atenuada o disimulada” por el uso del teléfono móvil o de internet.

Llamazares se inspiró para el arranque de esa novela marcada por el uso de la prosa poética en el caso de una mujer de La Vihuela, pueblo hoy abandonado de Guadalajara, a la que encontraron sin vida tras echarla en falta en misa en una localidad vecina. Hubo entonces un crítico literario que la tachó de “tremendista”. “Pero la realidad es mucho más tremenda”, concluye el autor hasta concordar con los argumentos en torno a la soledad citados por Margarita Escudero. Casualidades de la vida, La Vihuela rima con Iruela, esa localidad en la que nació José Rodríguez Losada, antepasado familiar de Margarita que pasó a la historia por construir el reloj que marca la hora para España en esa puerta del Sol donde hay levantada una acampada por la vivienda y por Maricarmen, una teórica antagonista pero con al menos hilo en común con el último vecino de Villarino.

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