Los sindicatos de inquilinos que nacieron en pueblos mineros cuando hasta pajares y cuadras se adaptaban como vivienda

Foto sin datar de mineros de Fabero.

César Fernández

Dice el historiador berciano Alejandro Martínez que “la historia no se repite, pero rima”. Afanado en escarbar en las raíces del movimiento obrero en El Bierzo y Laciana, ha logrado enlazar dos versos aparentemente sueltos, los que inopinadamente conectan las cuencas mineras del Cúa y del Sil con la Puerta del Sol de Madrid. Con casi un siglo de diferencia, ambos escenarios tienen un denominador común: las reivindicaciones por una vivienda digna. Son ahora tan fuertes que incluso han provocado una convocatoria de huelga general y un adelanto electoral a través de una representación sindical que encuentra de algún modo antecedentes en organizaciones que, al menos en Fabero y Matarrosa del Sil, lograron evitar desahucios y contener precios en los convulsos años treinta del siglo XX.

El carbón mudó la piel de muchos pueblos bercianos y lacianiegos, zonas tradicionalmente agropecuarias en las que la extensión de la minería conforma una clase obrera en tiempos de lucha por las libertades. El sector carbonero crece por otra concatenación de factores: aprovecha la escasez de mineral en el mercado durante la Primera Guerra Mundial para despegar a lomos de la puesta en marcha del ferrocarril Ponferrada-Villablino. La llegada de mano de obra foránea desborda la capacidad de las cuencas para ofrecer vivienda. En Fabero, según testimonió el filósofo Eloy Terrón, no quedó un pajar sin alquilar. En Matarrosa del Sil, completa el propio Alejandro Martínez, “las cuadras se dividían con sacos” para maximizar el aprovechamiento del suelo. “Y ante la necesidad de vivienda, hay quien abusa”, expone el historiador. El pasado rima con el presente.

La necesidad de alojamiento tensiona las costuras físicas de pueblos que se alimentan de un sector económico que, aun con algunas crisis y fluctuaciones en los años veinte, mantiene por entonces “una gráfica ascendente” de evolución. Su crecimiento coincide con otro: el de los movimientos de representación sindical que se van extendiendo por el territorio y ganan fuerza con la proclamación de la Segunda República en abril de 1931. El Sindicato Minero Castellano (SMC), vinculado a la Unión General de Trabajadores (UGT), se asienta todavía en 1930 en Fabero, donde luego se implanta el SUM (Sindicato Único Minero), ligado en este caso a la Confederación Nacional del Trabajo (CNT). Fabero se convierte entonces en la única cuenca minera anarcosindicalista de España.

Panorámica de la localidad berciana de Fabero.

El SUM “fue mucho más que un sindicato”, escribe Martínez en Nuestra Historia, El Bierzo y Laciana, espacio de difusión de episodios como este a través de un blog en internet y de una cuenta en Facebook. El sindicato está detrás de iniciativas que van más allá de lo estrictamente laboral como las de promover una cooperativa de consumo, un grupo de teatro o una escuela racionalista. Con ese escenario como telón de fondo, Fabero estrena Asociación de Inquilinos liderada por Gregorio Rueda en 1935, mismo año en que se adscribe a la federación estatal de un movimiento que tuvo singular fuerza en zonas de tradición anarcosindicalista como Barcelona.

“Los problemas de la vivienda obrera fueron constantes en las comarcas mineras durante el siglo XX, especialmente coincidiendo con las fechas de auge que vivió el sector. En Fabero ni el paternalismo empresarial ni el Estado resolvieron el problema en los años 30. Fue el movimiento obrero quien de forma organizada dio respuesta colectiva a un problema que era social, no familiar, ni individual”, escribe Alejandro Martínez. La respuesta se articula en forma de medidas para contener los precios y para evitar desahucios.

“Abaratamiento e higienización de la vivienda” son los fines declarados por la Liga de Inquilinos de Matarrosa del Sil (Toreno), fundada incluso antes, en el año 1933, y presidida por Francisco Gómez. Con más dificultades para seguir el rastro de esta entidad, Martínez no ha logrado constatar vínculos entre las organizaciones de Fabero y Matarrosa. El final de ambas resulta, en cualquier caso, abrupto tras el golpe militar de julio de 1936, la consiguiente Guerra Civil y la posterior dictadura franquista.

La historia volvió a rimar con la actualidad sobre todo con la conformación, a partir de la crisis económica de 2008, de estructuras como la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) y Stop Desahucios. Y en las reivindicaciones presentes ha tomado fuerza la Liga de Inquilinas, surgida en 2017 y especialmente reivindicativa contra el desalojo de la vecina madrileña Maricarmen Alcázar, un episodio que desató un movimiento que ha derivado en movilizaciones como la acampada en la Puerta del Sol, amén de otras repercusiones sociales y políticas como la huelga general del 11 de noviembre y el adelanto de las elecciones legislativas al día 29 del mismo mes.

Con las minas de carbón bercianas y lacianiegas cerradas desde 2018 por el fin de las ayudas a la producción, las cuencas viven ahora un escenario diametralmente opuesto: el resultante de un progresivo vaciamiento demográfico que contrasta con los años en que Fabero triplicó su población o Ponferrada, adonde llegaba el mineral para su consumo en las centrales térmicas, se convirtió en la posguerra en la ciudad de sus características que experimentó un mayor crecimiento de población. Sus necesidades de alojamiento llegaron a considerarse a la altura de 1960 “sin límite”, en expresión de la Obra Sindical y el Instituto de la Vivienda. Por las cuencas ya había pasado (y dejado poso) la huelgona de 1962 cuando en 1968 las reivindicaciones juveniles al Gobierno Civil pasaban en Matarrosa del Sil, el mismo pueblo berciano que en 1933 creó una Liga de Inquilinos, por cuestiones como la vivienda, entre otras.

Panorámica de Matarrosa del Sil (Toreno), localidad de la cuenca minera del Bierzo.

La reconversión ya acechaba en la década de los ochenta, cuando todavía se vendían y compraban casas “bastante caras” en las cuencas mineras, constata Martínez. El sector comenzó luego un progresivo declinar que ha ido paralelo a la sangría demográfica hasta dejar bloques de viviendas desproporcionados para la realidad actual como los de Tremor de Arriba (Igüeña). ¿Podrían ser hoy esas viviendas vacías una alternativa al problema que se suscita principalmente en las ciudades? “No hay un gran fenómeno” de retorno al rural, considera el historiador, que reduce el aprovechamiento de esos inmuebles fundamentalmente a “segundas residencias”.

El mundo es ahora global. Y los que se aprovechan de la necesidad actual de vivienda son fondos buitre “que buscan un beneficio rápido”. “Y la oferta de vivienda pública es bastante reducida”, abunda Alejandro Martínez tras escarbar en la historia para encontrar entre el carbón vestigios de sindicatos de inquilinos protagonistas en la actualidad de 2026.

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