El Bierzo le saca brillo al abandono con sus 'urbex': “Hay casas deshabitadas que todavía huelen a comida”

El Bierzo tiene un escaparate: las postales típicas que son reclamos de ferias turísticas como los picachos de Las Médulas antes del terrible incendio del pasado verano, los coloridos viñedos en tiempos otoñales de vendimia o la monumental Villafranca en cualquier época del año. Y también tiene trastienda: las instalaciones mineras pasto del olvido tras el fin del carbón, los pueblos marcados por la cruz del éxodo rural o las casas dejadas de la mano de Dios por sus cuatro costados. Las últimas estampas también tienen quien las fotografíe hasta sacar a la decadencia y la ruina su mejor perfil y hacer de la comarca otro punto de referencia en la comunidad urbex (exploración urbana), la que visita, retrata y documenta rincones abandonados.

Nacido en Ponferrada y afincado por vínculos familiares en San Román de Bembibre, Víctor Olano se recuerda de niño con su pandilla entrando en casas abandonadas en la capital berciana. Fue hace diez años en Jaca (Huesca) cuando comenzó a investigar sobre localidades despobladas, en ese entorno del Pirineo oscense convertido en algo así como la zona cero de los pueblos sin habitantes en España hasta servir en su día de ambientación a Julio Llamazares para La lluvia amarilla. Con la desescalada de la pandemia del coronavirus en 2020 llegó el momento de combinar su afición por estos entornos y por la fotografía, coger una rutina de visitas y abrir El Bierzo perdido, una cuenta en Facebook en la que vuelca esas imágenes que sacan belleza de las ruinas.

“A mí me gusta el abandono. Me gusta la belleza decadente”, admite Olano, que experimenta las mejores sensaciones, incluso rozando lo místico, cuando atraviesa los umbrales de casas abandonadas, muchas veces entre escombros. “Hay algunas en las que en la cocina todavía huele a comida”, dice por teléfono hasta identificar aromas como los de las lentejas. Su mente viaja entonces en el tiempo. “Y me imagino cómo sería la vida en esas casas y cómo serían sus habitantes. A veces tengo la sensación de que fueron felices. Y otras veces pesa más la oscuridad”, cuenta. La evocación, que se dispara en esos entornos, también surge en ocasiones ante estampas del ingente patrimonio industrial de una comarca marcada por el peso de sectores como la minería. “Quizás eso tiene que ver con el tiempo que trabajé en las canteras”, sugiere.

La fascinación ya simplemente como espectador se presenta ante complejos como el lavadero de La Recuelga, en el municipio de Páramo del Sil. “Voy a veces simplemente a pasar el rato. Es impresionante”, señala sobre esas instalaciones mineras ya protegidas por su declaración como BIC (Bien de Interés Cultural). La falta de este marchamo fue precisamente uno de los factores que no salvó de la dinamita a las últimas chimeneas de la central térmica Compostilla II de Endesa en Cubillos del Sil, una voladura que despertó sentimientos contradictorios ante la desaparición de unas instalaciones lastradas por sus emisiones contaminantes, pero también de los puestos de trabajo asociados. “Habría que mantener lo más significativo del patrimonio industrial”, sostiene para elogiar el trabajo de recuperación y aprovechamiento de ese tipo de elementos realizado en el municipio de Fabero.

“Las chimeneas eran algo emblemático. Y no estorbaban”, tercia Mónica Guedes, que también se colaba de cría en domicilios deshabitados con sus amigas en Ponferrada, recorrió ya de adulta instalaciones mineras, conoció a través de las redes sociales a Víctor Olano en septiembre de 2025 y acaba de abrir su propia cuenta, Explora conmigo, en Facebook e Instagram. Guedes también contrapesa la contaminación de la térmica, que era “bastante preocupante”, con la falta de alternativas económicas tras el cierre de las instalaciones. Más aficionada a la naturaleza, ahora ha encontrado un filón en las casas y los pueblos abandonados. “Y me gusta mucho”, apostilla, “buscar el detalle y pensar en la vida que albergaron y que ya no está: imaginar qué forma de vivir tenían”.

Las reacciones en los pueblos son en general positivas (aunque también hay recelos) ante estas visitas, condicionadas en el movimiento urbex por una especie de código ético tácito ante la entrada en casas que incluye premisas como no forzar los cierres, no compartir la ubicación y alterar lo menos posible el escenario. “Me ha sacado la Policía un par de veces de alguna casa. Pero hemos acabado bien”, reconoce Olano, que sí detecta una cierta tendencia a repoblar el rural gracias a las facilidades del teletrabajo y con ejemplos como el del “interés” que notan las inmobiliarias y casos como el de viviendas abandonadas hoy habitadas en virtud de un acuerdo por el cual los propietarios las ceden a los moradores a cambio de cuidarlas. “Hay gente que hoy está viviendo en la calle y que se podría alojar en este tipo de casas”, añade Guedes.

Olano y Guedes comparten ahora salidas semanales por la comarca berciana y más allá. Él ya está integrado en la movimiento urbex, una comunidad “ya estabilizada” y “muy amplia”, más volcada hacia lo urbano, por lo que aprecia la singularidad del entorno rural berciano hasta el punto de que despertar el interés por visitarlo de un integrante que vivía en Chernóbil, la ciudad ucraniana marcada por el accidente nuclear de 1986. “Y yo estoy metiendo la patita en este mundo”, apunta ella. El Bierzo perdido ya está consolidado, incluso en auge desde que se incrementó el ritmo de publicación de fotos desde el pasado verano. “Nunca pensé en llegar a 17.000 seguidores”, admite su creador, que se centra en Facebook (ha incorporado también los vídeos) y en Instagram publica como Víctor Olano. Explora conmigo, presente en las dos redes sociales, da ahora sus primeros pasos (su creadora usaba antes sus perfiles personales).

Con asignaturas pendientes como la de explorar más a fondo pueblos del municipio de Oencia (destacan el potencial de municipios periféricos y apartados como Barjas) o de retornar a sitios ya pisados para mejorar los enfoques y las fotografías, estos dos espacios (que no son los únicos en la comarca) suponen una nueva ventana de promoción para el territorio, que muestra así una especie de cara b. “Yo saco las partes que más me llaman la atención; no las típicas”, añade Olano sobre estas nuevas propuestas bercianas que contribuyen a poner su trastienda en el escaparate.