Los Maranfallos, el carnaval tradicional de Burbia 'que mete miedo': “Que no te atrapen”
En Burbia, el Carnaval tradicional se llama Maranfallos, se corre por las calles para que no te llenen de ceniza y 'mete miedo'. Este sábado 14 de febrero, a partir de las 17.00 horas, el maranfallo, el boi y el resto de mascaradas 'feas' típicas del pueblo volverán a tomar la localidad berciana para celebrar uno de los carnavales tradicionales mejor conservados del Bierzo.
Aquí no hay disfraces comprados ni coreografías ensayadas. El entroido de Burbia se construye con ropas viejas, máscaras hechas para asustar y una única regla no escrita que todos conocen desde niños: “que no te atrapen”. Los Maranfallos, las figuras que dan nombre a la fiesta, salen a perseguir, a manchar, a meter miedo, como se ha hecho siempre, en un rito que mezcla juego y memoria colectiva.
“Yo me acuerdo de pequeña de subir al desván y coger caretas y ropas viejas para vestirme”, recuerda Lucía Osorio, burbiana, miembro de la junta directiva de la asociación organizadora, Acebo Burbia, y concejala en el Ayuntamiento de Vega de Espinareda. “Antes se subía donde se hacen las Fachizas, a A Lagúa, y se llamaba a la gente para que salieran. ‘Maranfallín, maranfallín…’”.
El carnaval tradicional de Burbia es, en realidad, el entroido. El Maranfallo es quien se disfraza, pero no está solo. También aparece la figura del Boi, un buey simbólico hecho con pieles, cuernos y mantas, emparentado con otras mascaradas del noroeste peninsular. Todo forma parte de un mismo universo ritual que ha ido cambiando con el tiempo, pero que mantiene intacta su esencia.
“Los Maranfallos son de meter miedo, de asustar, de hacer correr”, explica Osorio. “Se tira ceniza, grasa, se persigue a la gente… y al terminar se hacía una ronda por el pueblo con música”. Casa a casa, los vecinos iban dando a los Maranfallos chorizos, huevos y vino, y con todo ello se improvisaba una cena para todos, con tortillas, ponche y baile. Un carnaval entendido como un día para disfrutar todos juntos.
Ese carácter de asustar y hacer correr tiene también anécdotas que se han transmitido de generación en generación en el pueblo. “Se cuenta que antes, los lunes de Carnaval, se esperaba de noche a las mujeres cuando salían de la misa del Rosario para asustarlas”, relata Osorio. “La mayoría de la gente que iba a misa eran mujeres, entonces las esperaban los mozos y los hombres del pueblo y las hacía correr por el pueblo”. Una escena que hoy se recuerda con humor, pero que ilustra bien el sentido ancestral de la fiesta.
Tradicionalmente, la celebración tenía lugar en febrero, aunque el despoblamiento y el frío llevaron a la Asociación Cultural Acebo Burbia a recuperar también los Maranfallos de verano, para facilitar la participación de quienes ya no viven todo el año en el pueblo. Aun así, el entroido de invierno conserva un carácter especial, más íntimo, más crudo, más cercano a lo que fue.
En un pueblo con apenas unas sesenta personas censadas, la implicación vecinal resulta clave. La asociación cultural no solo organiza los Maranfallos, sino también las Fachizas, el magosto tradicional y colabora en otras celebraciones del calendario local. “El objetivo es el mismo de siempre”, resume Osorio, “juntarnos y pasar un buen rato”.
Esa continuidad ha despertado también el interés de investigadores y antropólogos. Los Maranfallos forman parte del conjunto de carnavales tradicionales de los Ancares que se están documentando para su inclusión en inventarios de patrimonio inmaterial, como ejemplo de celebraciones que no han desaparecido, sino que han sabido adaptarse sin perder su sentido.
“Vino un antropólogo de la Federación de Antruejos del Reino de León, le dejamos las máscaras”, cuenta Osorio. “Hizo un informe y dijo que sí, que nuestro carnaval tradicional está evolucionado, pero que mantenemos la esencia de lo que se hacía antes”. Ahora, están a la espera de que los acepten.
Este sábado, quienes se acerquen a Burbia no asistirán a una recreación ni a un evento turístico al uso. Se encontrarán con un carnaval vivo, incómodo, ruidoso y ancestral, en el que el miedo se convierte en juego y la carrera en una forma de celebración de todo un pueblo. Los Maranfallos se pueden explicar desde fuera, pero no se entienden del todo sin mancharse de ceniza o salir corriendo para no terminar cubierto de ceniza y de tocino. Son memoria compartida, una manera de seguir reuniéndose, de reconocer de dónde vienen y de mantener encendida una tradición que se mantiene viva a pesar del paso de los años.