El cura rojo Sotuela también es profeta en su tierra natal gallega: Ribas de Sil reconoce su “compromiso con la justicia”
El mismo río que lo vio nacer asistió al despertar de una conciencia y a su traslación a la realidad cuando era más difícil significarse. Javier Rodríguez Sotuela nació hace 92 años en San Clodio (Ribas de Sil, Lugo). Creció en Ponferrada, en un barrio obrero con su padre trabajando como ferroviario. Y ya era un joven sacerdote cuando en Matarrosa del Sil (Toreno) se puso del lado de los trabajadores y en la diana de las autoridades franquistas durante las huelgas mineras de los años sesenta que desataron un incipiente frente de oposición al régimen. Ahora que la literatura y el cine han rescatado su figura como personaje, la persona acaba de recibir un homenaje en su tierra gallega natal, donde vino al mundo, donde pasaba los veranos de su juventud jugando al fútbol y tocando al órgano y donde ahora pasa buena parte del año.
Ribas de Sil conocía a la persona, pero no al personaje. Su concejal de Educación y Cultura, Luis Fernández, lo recuerda ayudando en misa e incluso pronunciando alguna homilía. Sotuela, que fue durante años hostigado tras mostrar su apoyo decidido a las huelgas en la cuenca minera del Sil en pleno franquismo, ya había dejado el sacerdocio en 1972 para instalarse como educador social en Cataluña, donde ahora pasa otra parte del año. “Y él hacía hincapié en el compromiso del Evangelio con la protección de los desfavorecidos”, rememora el edil, promotor de un homenaje celebrado el pasado mes de diciembre, a las puertas ya de una Navidad ante la que el exsacerdote instaba a buscar a Jesucristo más cerca de una patera que de un centro comercial.
“Yo conocía a la persona, por la amistad con mi familia, pero no su figura. No sabía que había arriesgado su vida”, reconoce el concejal de Educación y Cultura de Ribas de Sil, que habla de un homenaje “muy merecido” a un vecino “muy relevante” que se posicionó a favor de “la democracia y la justicia en momentos muy complicados”. Sotuela, que había empezado a ejercer como sacerdote en Dragonte (Corullón), llegó en 1961 a Matarrosa del Sil tras haber pasado por Fabero, donde su labor en defensa de la clase obrera ya había despertado suspicacias. La conflictividad subió de intensidad con la célebre huelgona de 1962, que comenzó en las minas asturianas para bajar a las lacianiegas y bercianas. El cura repartió unas octavillas de la JOC (Juventud Obrera Cristiana) sobre la legalidad de aquellos paros. “Entonces se vivía en la calle. Y el problema de uno era el problema de todos”, cuenta ahora por teléfono el propio Sotuela, que en 1968 estuvo a punto de ser procesado por propaganda ilegal al sustituir la imaginería religiosa por pancartas reivindicativas en la festividad de Santa Bárbara, patrona de los mineros.
“Él no buscaba el enfrentamiento por el enfrentamiento. Quería que la gente tuviera cultura y criterio. E influyó en sus homilías y en sus conversaciones. No era el típico párroco. Él estaba en la calle”, recuerda María Luisa Picado, entonces una joven llegada de Las Lanchuelas (Valencia de Alcántara, Cáceres) a Matarrosa del Sil, donde se implicó en iniciativas de aquel sacerdote revolucionario como el centro social o la biblioteca subterránea, la que filtraba por el pueblo entre lectores cómplices libros prohibidos por la dictadura. Picado aprovechó el fermento de aquella época como materia literaria para escribir la novela Camino negro, adaptada al cine con la película homónima en la que ejerce como coguionista junto al director, Luisje Moyano, una cinta estrenada en 2025 hasta entrar en la carrera de los Premios Goya. El cura, claro, es uno de los protagonistas.
Javier no buscaba el enfrentamiento por el enfrentamiento. Quería que la gente tuviera cultura y criterio. E influyó en sus homilías y en sus conversaciones. No era el típico párroco. Él estaba en la calle
El libro y la película han servido para redescubrir a Javier Rodríguez Sotuela en Ribas do Sil. Él ya era un adolescente cuando a su padre, que hacía reparaciones de material ferroviario, lo trasladaron desde Ponferrada y la familia se asentó en San Clodio. Sus recuerdos se centran en los veranos, cuando volvía del seminario y pasaba las vacaciones jugando al fútbol de central (“eran los tiempos en los que si pasaba el balón, no pasaba el delantero”, apostilla) y tocando el órgano en un “coro de chicas”. Y a la casa de su familia materna ha regresado llegada la hora de la jubilación laboral para pasar largas temporadas del año. El pasado 7 de diciembre recibió un cálido homenaje. Y hace unos días pusieron en ese inmueble una placa que refrenda el cariño de Ribas de Sil, que agradece su “compromiso con la justicia”.
El reconocimiento llega en un contexto de revisionismo histórico sobre etapas como la dictadura franquista. “Por eso es importante que las cosas las cuenten personas que las han vivido. Hay que replicar con datos y con verdades a quienes dicen que entonces se vivía mejor”, señala María Luisa Picado, que asistió al homenaje junto al director Luisje Moyano. “Los jóvenes tienen que ver que la política se basa en hechos. Y que hay que ser coherentes”, dice Luis Fernández. “Ahora salen votados los más ignorantes. Entonces éramos coherentes y ahora no”, sentencia Javier Rodríguez Sotuela para lamentar que en los tiempos actuales prime “la avaricia y la ignorancia”.
La coherencia entre lo que predicaba en el púlpito y lo que pregonaba a pie de calle le costó amenazas. “Él estaba vigilado día y noche”, rememora María Luisa Picado. Matarrosa respondió entonces, como aquel día en que los vecinos se arremolinaron en torno ante una visita de la Guardia Civil, alguno incluso con piedras en los bolsillos por si lo llevaban detenido. El pueblo berciano testimonió en 2019 su gratitud a su antiguo cura, que en 2023 recibió la Picota de Plata del Ayuntamiento de Toreno. Ahora los homenajes, siguiendo el curso del Sil, se trasladaron a su tierra de origen gallega. Y Sotuela, que ante los halagos insiste en que los verdaderos “protagonistas” de aquellas revueltas mineras fueron “los vecinos del pueblo”, se resistió a que instalaran la placa en San Clodio. “Dijo”, señala el concejal de Cultura, “que la pusiéramos cuando se muriera”.