El Bierzo, ante la voladura de las últimas chimeneas mineras: el fin de un emblema y un paisaje que singulariza a la comarca

El ruido acompañó las voladuras anteriores: el sonido de la sirena, el estruendo de la dinamita, el impacto del hormigón en la tierra. Décadas de historia mineroenergética se fueron al suelo con la desaparición de las centrales térmicas de Anllares del Sil (Páramo del Sil) y La Robla. El desmantelamiento, sin embargo, se hizo en silencio para una sociedad que asistió como espectadora y sin ningún aspaviento al fin de un modo de vida. La demolición de Compostilla II en Cubillos del Sil, escenario recurrente de movilizaciones laborales, sí ha levantado cierta polvareda, principalmente la desatada por la oposición del colectivo Bierzo Ya, a la espera del resultado de las acciones judiciales y con escaso respaldo en la calle a sus convocatorias de movilización. Con la fecha de caducidad (recursos mediante) a sus dos últimas chimeneas puesta ya para este jueves 12 de febrero, la pregunta es qué se pierde si finalmente se consuma la decisión de Endesa.

“El Bierzo tiene un pasado mineroindustrial que no le conviene olvidar. Sus gentes necesitan tener un símbolo que les recuerde de dónde vienen. Perdería una parte de su memoria territorial y social, y quizás el elemento paisajístico más singular de Cubillos del Sil. Y pierde un patrimonio valioso en sí mismo. Son dos chimeneas de un tamaño como muy pocas en España y en Europa: una mide 270 metros de altura y la otra 290. Son dos esculturas verticales de hormigón bellas y cargadas de historia”, responde como punto de partida la catedrática de Geografía Humana de la Universidad de León (ULE) Paz Benito, partidaria de forma decidida de su conservación como “elemento simbólico”, “estandarte” y “emblema” de todo un conjunto industrial, el que se lanzó en la década de los sesenta para consumir el carbón de las cuencas berciana y lacianiega hasta sustituir a Compostilla I, la primera térmica de la historia de Endesa, estrenada en Ponferrada en los cuarenta.

Lo cierto es que los planes de desmantelamiento de Naturgy y Endesa, propietarias de las centrales térmicas de la provincia de León, se han fraguado y desarrollado sin apenas contestación social en comarcas cuyo desarrollo económico estuvo indisociablemente unido al carbón y a su consumo para la generación de energía. Benito sugiere una posible explicación a esa “respuesta tibia de la población”. “Las centrales térmicas han estado muy mal consideradas por el impacto medioambiental de la actividad que desarrollaban. No se puede olvidar que Compostilla II ha sido una de las más contaminantes de España. Hay una percepción negativa por este motivo, pero eso no justifica el derribo”, contrapone la catedrática de Geografía Humana antes de remarcar “los argumentos que tienen que ver con la memoria, el patrimonio y ese paisaje que singulariza al Bierzo”.

“Podemos perder todos los elementos de una fábrica, pero si la chimenea se mantiene en pie, realmente estamos conservando ese elemento simbólico”, insiste Benito ante la tesitura de territorios que vieron cerrar las minas de carbón en 2018 y las centrales térmicas en 2020 para encontrarse con un vasto patrimonio industrial fuera de uso. “No hay que conservarlo todo, sino lo que mejor simboliza la memoria de lo perdido”, puntualiza para remitirse a la Carta de El Bierzo para la conservación del patrimonio industrial minero, una herramienta surgida de una reunión en Ponferrada en 2007 y publicada luego por el Instituto del Patrimonio Cultural de España. La necesidad de realizar un inventario de elementos estaba entre las premisas de un documento que fijaba como “imprescindible” para la conservación de complejos mineros “la protección jurídica de los bienes muebles e inmuebles”. La Junta de Castilla y León descartó en 2023 la declaración como BIC (Bien de Interés Cultural) de las torres de refrigeración y las chimeneas de Compostilla II por considerar “inviable económicamente su preservación”.

“No son BIC”, remarcó la pasada semana el portavoz de la Junta, Carlos Fernández Carriedo, para eludir cualquier responsabilidad de la administración autonómica ante una voladura amparada en una “normativa muy estricta y muy rigurosa”. Paz Benito rechaza que la conservación implique un desembolso económico importante: “No sería costoso hacerse con su propiedad, no sería costoso su mantenimiento, podría integrarse con facilidad en el contexto urbano a través de un mínimo ajardinamiento o una asimilación al decorado urbanístico del barrio”. Y va incluso más allá al advertir que evitaría el desescombro de toneladas de hormigón y hierros: “No supone un gasto adicional, sino un ahorro”.

El desmantelamiento de Compostilla II ya estaba planificado antes del cese de su actividad por parte de Endesa, que lanzó paralelamente el Plan Futur-e como iniciativa concebida para aprovechar el suelo industrial liberado para el asentamiento de nuevas actividades económicas. Las alternativas, en una comarca incluida en las zonas en Transición Justa, no han llegado. Y, en cualquier caso, esta docente las consideraría compatibles con el mantenimiento de las chimeneas. “No restan suelo sustancial para ningún proyecto”, remarca con dos ejemplos: las demoliciones de las plantas siderúrgicas de Avilés (Asturias) y Sagunto (Valencia) salvaron, respectivamente, sus chimeneas más emblemáticas y el alto horno número 2, convertidos incluso en reclamos turísticos al tiempo que se desarrollaban proyectos empresariales, culturales y de recreo.

No hay que inventar usos estrambóticos ni hacer nada con ellas porque las estaríamos desvirtuando. Y tampoco se trata de caer en el esperpento. No es necesario improvisar usos alternativos que pueden desvirtuar la esencia y el valor simbólico de estas chimeneas

Bierzo Ya, que presentó la pasada semana varias denuncias ante la Fiscalía y los Juzgados de Ponferrada como último intento de paralizar la demolición de las chimeneas, llegó a plantear proyectos de uso alternativo para estos elementos, primero como bases para crear la tirolina más grande del mundo y ahora para instalar una torre de comunicaciones. Aun admitiendo el valor de las iniciativas como “salvavidas”, la catedrática de Geografía Humana de la ULE las desacredita como “disparates”. “No hay que inventar”, agrega, “usos estrambóticos ni hacer nada con ellas porque las estaríamos desvirtuando. Y tampoco se trata de caer en el esperpento. No es necesario improvisar usos alternativos que pueden desvirtuar la esencia y el valor simbólico de estas chimeneas. Basta con respetar su presencia y mantenerlas en buen estado. Son un regalo para la vista, la memoria y la emoción del paisaje. Son un monumento en sí mismas”.

Ahora que se ultima la demolición de un complejo industrial, ciertas zonas de la provincia de León sí han sido beligerantes con la instalación de macroparques de energías renovables, sobre todo aquellos proyectados para entornos de alto valor ambiental y ecológico. “Todo proyecto industrial tiene un principio y un fin. Al principio todos son contestados y rechazados. La propia Compostilla II fue en su día muy contestada. Pero es que hoy hablamos de otra cosa: de mantener un símbolo que forma parte de la memoria industrial con sus ventajas y sus inconvenientes. Lo nuevo suele generar rechazo si se acompaña de impactos negativos”, expone Paz Benito, que hace un aparte con las instalaciones propiamente mineras: “Los pozos mineros suelen defenderse con más vehemencia porque la minería se siente como algo más esencial y más necesario para el progreso de una sociedad. El impacto de la minería es más evidente cuando es a cielo abierto, pero no tanto cuando es subterránea porque no se ve. Y luego hay un sentimiento de identidad muy fuerte. Y de arraigo en el territorio. Porque el yacimiento está donde está y una fábrica sí se puede mover de lugar. La conciencia del minero es muy distinta a la de otro obrero industrial”.

Pese a confiar todavía en un “indulto” de última hora que “sería de justicia” e insistir en su importancia como valor emocional para varias generaciones de bercianos, Benito admite que las jóvenes de hoy crecen “tomando como referencia un nuevo contexto”: el que viene marcado por conceptos como “la descarbonización, la sostenibilidad, las energías limpias y la transición justa”. “Hoy”, abunda, “ya no es fácil admitir ningún proyecto altamente contaminante desde el punto de vista medioambiental ni paisajístico (...). Ellos (por los jóvenes de ahora) no van a echar de menos una central térmica. Sí tendrían que comprender que el proceso histórico de industrialización y desarrollo económico de un territorio pasa por etapas muy diferentes y todas dejan una huella positiva, pero también un impacto negativo. El progreso siempre ha tenido un coste”.

La central térmica Compostilla II, que entró en la Lista Roja de Hispania Nostra en enero de 2023 ante el planteamiento de derribo de sus torres de refrigeración y chimeneas, ocupa una ubicación central en la comarca berciana, a la que se entra desde todos los costados descendiendo hacia una hoya que ha tenido durante décadas en estos gigantes un punto de referencia en su skyline. En los años de reconversión minera, su humo fue una especie de termómetro sobre una actividad tambaleante (y vertebradora de toda una economía) que pasó a la historia. Las torres y una chimenea cayeron en agosto de 2023. Si el derribo acabara afectando este 12 de febrero a sus últimas chimeneas, algo más que unos gigantes de hormigón habrán desaparecido del mapa.