Vendimia entre cenizas en El Bierzo: el fuego golpea una bodega que recupera viñedos en un pueblo de 90 habitantes
Un mes después del incendio de Veguellina, en San Pedro de Olleros todavía huele a quemado. Las llamas llegaron este verano, literalmente, a las puertas de este pequeño pueblo de Vega de Espinareda de unos 90 habitantes en el que la bodega Banzao de Silvia Marrao es la única industria. Buena parte de las viñas que lleva una década luchando por recuperar se han visto afectadas. En algunas ha entrado el fuego claramente, otras están abrasadas por la convección y, sin saber por qué ni cómo, otras parece que no han sufrido daños. Este año será su vendimia más difícil entre cenizas.
“¿Y el año que viene qué va a pasar?”, pregunta de manera retórica a este medio. ElBierzo.elDiario.es ha recorrido con ella un terreno que un día fue verde y ahora está teñido de negro, con un nuevo miedo más allá de las llamas, y es el de que las lluvias arrastren el suelo, se lleven el sustento de las cepas y contaminen un agua que ya sale marrón por los grifos y no se puede utilizar ni para beber ni para lavar las barricas en las que elaborar un vino que apuesta por un medio rural que se siente permanentemente amenazado.
Son las diez y media de la mañana y Silvia Marrao se afana en la bodega para tener todo listo al inicio de la inminente vendimia. Da unas cuantas instrucciones a sus ayudantes y nos subimos a un todoterreno. Quiere pisar una vez más el suelo ardido, para mostrar qué significa que un incendio forestal haya atravesado un paisaje de viñedo hace apenas unas semanas. En cuanto el asfalto deja paso a la tierra, todo es negrura. Ya no hay maleza, los árboles están quemados hasta la raíz y las laderas están desnudas. “Nunca pensé que el fuego fuese a llegar hasta las viñas. Pero llegó, llegó”, dice mientras conduce por las pistas que comunican las pequeñas parcelas que trabaja alrededor del pueblo.
Una bodega que empieza en la viña
Para entender lo que el fuego se ha cobrado hay que conocer primero qué es Banzao: “No es hacer vino y ya está”. Madrileña de origen, Silvia Marrao llegó profesionalmente a El Bierzo en 2009, después de haberse formado y trabajado dentro y fuera de España. Fue durante su etapa en una bodega de Cacabelos cuando probó las uvas de San Pedro de Olleros y se acercó a visitar unas viñas que terminarían formando parte de su proyecto personal. Le gustaron la altitud de las parcelas, entre 750 y 800 metros, y la maduración más lenta y la frescura y acidez de las uvas.
Muchos de aquellos viñedos estaban entonces en manos de propietarios que se hacían mayores, sin hijos que quisieran seguir trabajándolos, y corrían el riesgo de quedar abandonados. Marrao vio ahí el lugar ideal donde iniciar su nueva andadura: hacer vino recuperando esas viñas. En 2017 empezó trabajando dos hectáreas, que le daban una producción de alrededor de 3.500 botellas. Poco a poco, casi una década después tiene algo más del doble de cepas viejas en las que conviven variedades como mencía, godello, doña blanca, garnacha tintorera y jerez.
Banzao creció con las viñas que siempre habían estado ahí. Marrao las poda, decide los tratamientos y sigue la evolución de cada parcela hasta determinar a qué vino destinará las uvas. Sus elaboraciones buscan precisamente expresar las diferencias entre cada paraje. Por eso, comprar uva para compensar lo perdido por el incendio no es una opción.
“Yo me vine aquí a San Pedro porque me gustaba el viñedo y la uva de esta zona”, explica. “No me vale cualquier uva”. Y remacha: “No hay otro sentido en el proyecto que hacerlo con la uva de aquí”. Y esa uva, la de esas viñas que lleva casi una década tratando de evitar que desaparezcan, es la que ahora lucha por sobrevivir entre las cenizas.
El fuego sí entra en las viñas
La primera parada permite comprobarlo. Una viña trabajada puede frenar el avance de un incendio, pero no siempre consigue detenerlo. Las cepas están separadas y el suelo tiene menos combustible que el monte que las rodea, pero cuando las llamas llegan con la intensidad con la que entraron en San Pedro de Olleros, esa protección tiene un límite. “Esto es el campo, no puede estar todo como un jardín. Puedes desbrozar un perímetro de dos o tres metros pero, ya ves... da igual”, lamenta Marrao mientras recorremos las parcelas. “Da impotencia porque no puedes hacer nada”.
Almorelle es la prueba más evidente. Allí el fuego entró de lleno y una de las viñas quedó completamente quemada. También ardió Lama de Quintá. En otras parcelas las llamas se detuvieron junto a las vallas, pero ni siquiera hizo falta que alcanzaran las cepas porque el calor las abrasó. Las primeras filas aparecen quemadas por convección y hay plantas que, sin estar aparentemente negras, están secas. Marrao calcula que entre un 30% y un 40% de las cuatro hectáreas y media que trabaja están afectadas en mayor o menor medida.
Una cepa puede permanecer en pie, conservar incluso los racimos y dar la impresión de haber sobrevivido. Pero si el calor secó sus hojas, también puede haber acabado con la posibilidad de recoger esa uva. “Cada racimo necesita entre 15 y 20 hojas para madurar. Aunque algunas cepas se vean medio bien, no se pueden vendimiar”, explica Marrao. Y si se miran los racimos de esas cepas de cerca, la mayoría están pasificados.
Después está lo que no se ve a simple vista. Durante días siguió saliendo humo del suelo ya quemado y ahora habrá que comprobar qué ocurre cuando las uvas supervivientes entren en la bodega. Uno de los temores de Marrao es que aparezcan aromas asociados al humo durante la elaboración, por lo que extremará las precauciones y seguirá la evolución de cada vino. Si alguno presenta esos problemas, asegura, no terminará embotellado como Banzao.
El recorrido deja también imágenes difíciles de explicar. A pocos metros de una viña arrasada puede aparecer otra verde. La Cruz y Penedón se salvaron por apenas 20 metros. Eras La Ermita libró por estar al otro lado del pueblo. El godello ha escapado de las llamas y la mencía que permanece intacta presenta un aspecto excelente.
“La uva está espectacular. Muy sanita”, dice Marrao. Y quizá por eso duele un poco más. La cosecha de 2026 iba a ser escasa, pero prometedora. Había llovido abundantemente durante el invierno, el verano estaba siendo seco y caluroso y las enfermedades apenas habían dado problemas. Las uvas que han sobrevivido lo demuestran. “Estaba muy contenta, con muchas ganas. Era una añada muy buena”. Hasta que llegó el fuego.
Doce días de incendio y consecuencias aún impredecibles
El miércoles 29 de julio empezó la pesadilla. Las llamas se desataron en Veguellina, en el vecino municipio de Villafranca del Bierzo, pero acabó saltando hasta Vega de Espinareda. Alcanzó un Índice de Gravedad Potencial 2 y obligó a evacuar cinco pueblos. Uno de ellos fue San Pedro de Olleros, donde las llamas llegaron a amenazar directamente las viviendas y se quedaron a escasos metros de algunas casas.
El incendio no se dio oficialmente por extinguido hasta el 9 de agosto, doce días después de comenzar. El balance de la Junta de Castilla y León cifra en alrededor de 1.300 hectáreas la superficie arrasada, unas 300 de arbolado y aproximadamente un millar de matorral. Pero 1.300 hectáreas dicen muy poco de lo que realmente quemó ese incendio forestal.
Dentro de ese perímetro había bosques autóctonos, pueblos, patrimonio arqueológico, castaños, colmenas... Las llamas atravesaron La Leitosa, una de las grandes explotaciones auríferas romanas del noroeste peninsular, y afectaron también a las minas de El Couso y Lameira Rubia, a canales de la antigua red hidráulica y al castro de San Pedro de Olleros. Todo ello en un territorio integrado en la Reserva de la Biosfera de los Ancares Leoneses. Y dentro de esas 1.300 hectáreas estaba también el sustento de personas como Silvia.
Ella recuerda perfectamente el momento en el que tomó conciencia de que el incendio podía alcanzarla. “Cuando me avisaron de que ya estaba el fuego 'en el cruce de los caminos' dije: ‘Olvídate’”. El viento soplaba con mucha fuerza y las llamas avanzaban por varios frentes. “Era muy difícil que no se quemara nada. El fuego entró por muchos sitios. Algo me iba a tocar”. Y le tocó.
Al día siguiente del incendio pasó alrededor de dos horas caminando por sus viñas para averiguar cuánto. La tierra todavía estaba caliente. Comprobó qué parcelas habían ardido, cuáles habían quedado aparentemente intactas y dónde el fuego se había detenido por unos pocos metros. Pero hubo algo que aquel paseo no podía decirle y que, un mes después, sigue sin saber: cuántas de esas cepas volverán a brotar. “Por suerte no hubo daños personales”, resalta, comprendiendo perfectamente que “lo primero siempre tienen que ser las personas”.
“¿Cuánto tiempo se puede aguantar así?”
El incendio de Veguellina no fue la primera vez que Marrao vio las llamas acercarse a sus viñas. El verano pasado, otro fuego declarado en Prado (Villafranca del Bierzo) ya puso en alerta a San Pedro de Olleros. Entonces no llegó a entrar en las parcelas de Banzao, pero el humo estuvo lo suficientemente cerca como para obligar a extremar las precauciones durante la vendimia y vigilar después la evolución de sus vinos.
Aquella vez libró. Este año no. Y el problema ya no es únicamente calcular cuántos kilos de uva perderá esta vendimia o cuánto tardarán las cepas en recuperarse. Es asumir la posibilidad de que un nuevo incendio llegue el próximo verano a otro paraje, o al siguiente a otro distinto. “Este año te ha tocado estas viñas, se te han quemado, vale. Lloras, lo asimilas, te recompones y dentro de lo que cabe el año que viene esperemos que brote bien”, explica. “Pero claro, ¿y si el próximo año se te quema otro viñedo, otro paraje, otra zona? ¿Cuánto tiempo puedes aguantar así?”
El campo siempre ha obligado a convivir con la incertidumbre. Puede llegar una helada tardía, una granizada, una enfermedad o una sequía. Son riesgos que forman parte de la agricultura. Lo que cuesta asumir es que el incendio se convierta también en una amenaza recurrente.
“Todos los años ahora parece que no hay verano sin incendio y, por desgracia, en algún momento me iba a tocar”. Y ahí está quizá la parte más difícil de cuantificar de todo lo ocurrido en San Pedro de Olleros. El fuego puede medirse en hectáreas, en kilos de uva perdidos, en cepas dañadas o en euros. El miedo a que vuelva, no.El incendio se apaga, los medios abandonan el terreno y los vecinos regresan a sus casas, pero para quienes viven de lo que ha ardido empieza entonces otra fase, la de averiguar qué se ha perdido realmente, cuánto tardará en recuperarse y si será posible seguir adelante.
Vendimia entre cenizas y con el agua del grifo marrón
A pocos días de empezar a vendimiar, Marrao todavía no sabe cuánta uva podrá recoger. Banzao suele cosechar entre 12.000 y 15.000 kilos, 20.000 en los mejores años. Este verano calcula que quizá entren en su bodega unos 8.000 o 9.000. “Quizá menos. Será una vendimia más cortita. Y lo que salga...”
Una de las parcelas completamente quemadas era de doña blanca, una variedad que necesita para elaborar su vino Las Galochas. En otras tendrá que decidir todavía qué racimos pueden recogerse y cuáles tendrán que quedarse en las cepas. Y vigilar mucho todo el proceso.
Y a todas esas incógnitas se ha sumado un problema mucho más básico. Después del incendio comenzaron las dificultades con el abastecimiento de San Pedro de Olleros y el agua sale marrón de los grifos. “No tenemos agua limpia para lavar las barricas”, denuncia Marrao: “Necesito que lo arreglen. Estoy muy enfadada”.
En una bodega no tener agua no es un contratiempo menor. Durante la vendimia hay que lavar continuamente depósitos, barricas, cajas, mangueras y maquinaria. Y el trabajo de todo un año en la viña no puede esperar indefinidamente a que se resuelva el abastecimiento: el momento de empezar lo marca la maduración de la uva y ya está madura.
Y el agua preocupa también cuando cae del cielo. Durante el recorrido comienzan a llover y Marrao mira hacia las laderas quemadas y desnudas. En cualquier otro final de verano el cambio de tiempo sería bienvenido. Ahora inquieta, y más después de las riadas vistas este verano en el valle del Oza, el Cúa o el Meruelo un año después de los gravísimos incendios de 2025.
Pero, a pesar de las dificultades con el agua y con más o menos uva, habrá Banzao 2026. Y Marrao tiene claro que mantendrá la misma exigencia de siempre con lo que salga de la bodega. Hay vino de añadas anteriores y la caída general de las ventas permitirá amortiguar en parte una cosecha más pequeña, sin perder de vista las ayudas que puedan llegar por el impacto de los incendios.
La única industria de un pueblo de 90 habitantes
Lo que le ocurra a Banzao importa también en San Pedro de Olleros. Es la única industria de un pueblo de unos 90 habitantes, con muy poca actividad económica más allá de un bar que ya no abre todos los días. Cuando llega la vendimia, llegan también trabajadores, coches que entran y salen y movimiento alrededor de la bodega. Y compradores de vino y visitantes a la bodega a lo largo del año.
Pero si Banzao aporta vida al pueblo, el pueblo también hizo posible Banzao. Marrao habla con especial cariño de Amador, su 'casero' de bodega que con los años se ha convertido en su particular “hado madrino”, como ella misma lo define, pero también de los vecinos que le arrendaron las viñas, le facilitaron los tediosos trámites administrativos para hacerlo, le transmitieron todo lo que sabían del campo y se ofrecen a ayudar en lo que haga falta en los momentos de más trabajo como la vendimia. “La gente del pueblo me ha ayudado mucho. Sin ellos no existiría Banzao”.
Reconstruirse, como los banzaos
Antes de marcharnos atravesamos otra vez las laderas quemadas. Un mes después todavía huele a incendio, pero empiezan a aparecer pequeños, muy pequeños, brotes verdes que dan esperanza.
En unos días empezará la vendimia. Llegarán también los padres de Silvia para echarle una mano con su hijo, de apenas un año, mientras ella se vuelca en la bodega. Recogerán la uva que haya sobrevivido, descartarán lo que no sirva y comenzarán otra cosecha en el antiguo almacén de castañas donde desde hace casi una década se hace el Banzao.
Después llegará el invierno. Marrao podará las cepas afectadas, dejará algunas yemas más de las que dejaría en una poda normal y esperará a la primavera para descubrir cuáles son capaces de volver a brotar. Para entonces, el incendio de Veguellina llevará muchos meses oficialmente extinguido. Para ella, quizá todavía no.
El nombre que eligió para su proyecto habla precisamente de ese reconstruirse. Un banzao es una pequeña presa construida tradicionalmente con madera y piedra para elevar el nivel del agua de ríos y arroyos y derivarla hacia los canales de riego para su uso agrícola y ganadero. Eran estructuras efímeras: las primeras lluvias del otoño acababan llevándoselas y al año siguiente había que levantarlas de nuevo.
Para Marrao, el banzao representa ese ciclo natural, como la propia vid, que se poda cada invierno para volver a brotar en primavera. Este año el fuego ha interrumpido el ciclo. Silvia todavía no sabe cuántas cepas sobrevivirán. Antes tendrá que llegar el invierno, podar y esperar. Y en primavera, como cada año con los viejos banzaos, tocará reconstruirse.