'Manos Negras', un cortometraje con ADN berciano entre el wólfram y el carbón que brilla por el mundo
Todos los caminos conducían (a veces tortuosamente) a la Peña del Seo. El cineasta Alerto Peláez, que tenía en su mente la novela de Raúl Guerra Garrido El año del wólfram y el documental de Chema Sarmiento Wolfram: la montaña mágica, se recuerda de chaval yendo con su padre en un todoterreno. “El año del wólfram había llegado a mí de diferentes maneras. Y es un librazo”, dice la actriz Tatyana Galán. Y el profesor de Historia jubilado del Instituto de Educación Secundaria Gil y Carrasco de Ponferrada Melchor López Valle no sólo tenía referencias académicas, sino también directas: un primo de su padre vivió donde lo hizo entre Cacabelos y Carracedo del Monasterio Alexander Easton, el famoso espía británico conocido en la comarca como el Inglés cuyo papel fue clave cuando las potencias implicadas en la Segunda Guerra Mundial se disputaban este valioso mineral que reforzaba el armamento. Peláez, decidido a darle una vuelta narrativa a ese sustrato histórico para hacer una película en el entorno, todavía cita la presencia del fotógrafo Ramón Cela, que ha investigado y publicado libros sobre aquel episodio, en el Albergue Ave Fénix de Villafranca del Bierzo (el de Jesús Arias Jato) en el que se alojaba el equipo de rodaje de Manos Negras, que llegaba con muchas dificultades a localizar hasta que se desplegó coincidiendo justamente con el comienzo de las obras para habilitar un centro de visitantes en el poblado minero de La Piela. Parecía que el filme quedaba así bendecido.
Manos Negras se concibió como un largometraje. A falta de presupuesto suficiente, tuvo que ajustarse a un cortometraje, reconoce su director, Alberto Peláez, quien precisa que la ejecución de la idea original habría permitido darle más cancha a la parte recreada en formato documental (aprovechando material histórico de Diego Castro, hijo del profesor Marino Castro, compañero de López Valle en el Gil y Carrasco) o “un punto más de tensión” a la trama que enfrenta al protagonista, un papel asumido por Omar Martí, con dos cazadores encarnados por Agustín Sierra e Iván Ares, quien remarca la dualidad de aquel wólfram objeto de deseo que era a la vez “un tesoro para muchas familias y también un peligro”. La manera en que Peláez logró trasladar al tiempo presente aquella historia del pasado “es algo que atrae la atención de los espectadores desde el principio”, agrega Ares.
El caso es que el presente pareció aliarse con el pasado para enderezar los renglones de aquel guion adaptado por las estrecheces presupuestarias a un cortometraje. Y no sólo por la conjunción del rodaje con las obras para hacer del poblado minero de La Piela, un patrimonio extraordinario pero pasto del deterioro, un centro de visitantes (se denomina Montaña Negra) para añadirle dimensión turística al valor histórico del espacio. Fue también por entonces cuando Endesa procedió a la voladura de las torres de refrigeración y una chimenea de la central térmica Compostilla II de Cubillos del Sil, símbolo del desarrollo mineroenergético de toda una comarca. “Y la fuimos a grabar”, señala el director, que incluye en la cinta imágenes de aquella primera parte del desmantelamiento y hasta un corte radiofónico de aquella noticia. Como si el tiempo se aliase con el espacio, el estreno en abierto en YouTube del corto, tras estar seleccionado en más de un centenar de festivales por todo el mundo y con más de una veintena de primeros premios, coincidió hace apenas unas semanas con el derribo de las dos últimas chimeneas de Compostilla II. El filme, que había nacido bendecido, pareció así quedar paradójicamente consagrado.
La conexión entre el pasado y el presente también está reflejada en el argumento, sobre todo en la figura del personaje encarnado por Melchor López Valle, de alguna manera anclado en aquellos tiempos de la explotación desenfrenada del wólfram. “Es una persona mayor que se pierde, pero no se pierde en el bosque, sino en la mina”, cuenta Peláez a propósito de este abuelo cómplice con las andanzas del nieto en una comarca deprimida por la falta de alternativas económicas tras el cierre de sus sectores emblemáticos. “Mi padre, cuando yo era pequeño, me hablaba mucho de los tiempos del wólfram”, reseña este profesor de Historia que dio clase a varias generaciones de bercianos, pero que ahora resulta incluso más conocido por su participación como actor no profesional en rodajes, sobre todo en su papel como cantinero en la celebrada As bestas, de Rodrigo Sorogoyen.
Manos Negras supuso un salto personal. Acostumbrado a ejercer como extra, figurante o actor de reparto, López Valle salió del casting con un papel protagonista. “Y yo soy aficionado, así que lo cogí con cierto reparo y responsabilidad”, admite. La película representó un cambio de registro para Tatyana Galán, más volcada hasta la fecha en el teatro. “Fue una manera de seguir aprendiendo, al volver a un rodaje; y salir de mi zona de confort, que es el teatro. Y en el teatro no hay acción ni corten”, apunta la intérprete. Las casualidades también pusieron su parte en esta historia. Iván Ares y Agustín Sierra, que a renglón seguido rodaron como realizadores el corto La otra cama, se habían presentado al casting de Manos Negras. “Y acabamos siendo esos dos bandoleros”, anota Ares.
El rodaje de un corto con pocos diálogos también puso a prueba a los actores, obligados a usar otros recursos para contar la historia a través de su interpretación. “La comunicación no verbal es muy importante. En lo cinematográfico hay que sugerir y no reiterar”, expone, como punto de partida, el director. “Decir cosas sin hablar es más difícil”, afirma López Valle, “agradecido al equipo” por su ayuda para componer por primera vez un personaje protagonista. “Alberto nos dio mucha libertad a la hora de actuar. Seguimos el guion, pero también hubo algo de improvisación”, tercia Ares. “Está muy bien contado todo. Con poco diálogo dice muchísimo”, abunda Galán tras subrayar una de las claves: el valor visual de una película “con imágenes aéreas brutales”.
Rodado íntegramente en El Bierzo, el cortometraje podría pasar teóricamente por muy localista en la temática, aderezada también con imágenes de archivo de la voladura de la central térmica de Anllares del Sil y hasta de las últimas movilizaciones mineras. Las secuencias remueven a sus protagonistas al tocarles una fibra sensible. “Las chimeneas (de Compostilla II) las he pintado desde niño. Son un símbolo para mí. Mis abuelos trabajaron allí”, argumenta Alberto Peláez. Mineros como los que salen en imágenes de archivo cortando carreteras recuerdan a Melchor López Valle a los que alguna vez acabaron “refugiados” en su finca de Villadecanes durante aquellas batallas con los antidisturbios. La rememoración del pasado tiene otra perspectiva cuando Tatyana Galán encara el futuro: “No podemos permitirnos ser nostálgicos. No podemos seguir aferrados al pasado porque no seremos nada. Hay que mirar hacia el futuro”.
La película está muy bien contada. Con poco diálogo dice muchísimo. Es muy visual; y eso la hace universal
Lo cierto es que, finalmente, Manos Negras ha trascendido de esa visión pegada al terruño hasta triunfar en certámenes nacionales e internacionales, muy lejos tanto de la geografía como de la idiosincrasia de una comarca marcada, para bien o para mal, por su pasado más reciente. ¿Cómo se explica su éxito fuera de las fronteras bercianas? “Es muy visual; y eso la hace universal”, insiste Galán, que también destaca el sonido, que “está de Óscar”. “Como había poco texto, había que expresar sentimientos. Y eso lo entiende la gente”, sugiere López Valle. “El éxito de Manos Negras por todo el mundo”, considera Ares, “no fue algo que me haya llamado la atención porque cuando vi por primera vez el montaje entero supe que era un gran trabajo”. Y el propio director aporta desde su experiencia otra perspectiva: “Es una historia muy berciana. Y las historias tan locales funcionan mejor fuera que en España”.
El Bierzo sufre ahora los efectos de la reconversión minera tras fracasar iniciativas llamadas a la causa de la reactivación económica como incluso una efímera Escuela de Cine en Ponferrada. Pero puede presumir de continente. “Nuestra comarca tiene zonas para rodar cualquier tipo de película”, remarca Iván Ares. “El Bierzo es un gran plató de cine”, reitera Melchor López Valle. Afincado en Palma de Mallorca, Alberto Peláez encuentra allí el sustento diario. “Pero los proyectos que me salen son siempre de allí”, contrapone para destacar el “orgullo” que le produce que de la comarca también nazcan iniciativas que hasta hayan puesto en común a personas implicadas en Manos Negras. “Me gusta mucho cuando hacemos piña”, enfatiza Tatyana Galán, también formadora de actores y dramaturga que lanzó como realizadora en 2025 Sacrificio, un cortometraje en torno a la violencia de género.
Producido por The Second Films, Manos Negras se estrenó en abierto en YouTube el pasado 14 de febrero, apenas dos días después de la voladura de las últimas chimeneas de Compostilla II. El cortometraje, que acaba con la música de Eskorbuto, es “un homenaje a los mineros a toda la región”, apunta su director en una videollamada compartida con Melchor López Valle y Tatyana Galán, quien descuelga el teléfono con otra buena noticia: la de su elección esa misma mañana de marzo como Premio Mujer 2026 por la Asociación Mujeres Progresistas Bercianas. Quizá fuera la última prueba de que Manos Negras, que ha sido como el descubrimiento de un tesoro, nació tocada por la varita.